Migraciones: un poema en cuatro palabras

La movilidad humana, actualmente, se ha convertido en un fenómeno simultáneamente global y estructural, como nos recuerda la introducción del documento Erga migrantes Caritas Christi, del Consejo Pontificio para la Pastoral de Migrantes e Itinerantes. Las migraciones constituyen una especie de termómetro para medir el impacto de los cambios. Son movimientos visibles de transformaciones invisibles. Olas en la superficie de corrientes subterráneas profundas. Las revoluciones socio-económicas y político-culturales suelen estar precedidas o seguidas por grandes desplazamientos humanos de masa. Si se me permite, aunque no soy un poeta como Pedro Casaldàliga, podemos hablar de las migraciones a través de un poema construido con cuatro palabras clave, palabras-símbolo, extraídas de la experiencia y del imaginario de los propios migrantes.

 

LA MALETA

¿Qué llevan en su maleta y en su equipaje los cerca de 220 millones de migrantes que actualmente residen fuera de su país de nacimiento, según estimaciones de la ONU? ¿O los 25 millones de refugiados y prófugos que recorren las carreteras de todo el mundo? Evidentemente, llevan heridas de décadas, de siglos; llevan dolor y sufrimiento. Pero llevan también – y esto es lo más importante – fe, esperanza y sueños. Al mismo tiempo, huyen y buscan. Huyen del infierno de la pobreza y del abandono, de la opresión y de la explotación de la guerra y de la violencia, de la persecución y de la muerte; buscan nuevas alternativas de vida, a una existencia que siempre se les reveló árida y adversa.

Resisten tozudamente, tozudamente caminan, tozudamente sueñan. Parafraseando al escritor brasileño Euclides da Cunha, “el migrante es, ante todo, un fuerte”, Además de la ropa y otros objetos, llevan en la maleta deseos, valores culturales, tradiciones primordiales, iconos religiosos en los cuales depositan el mañana desconocido e incierto. Se desplazan, porque tienen la vida amenazada, pero también, porque la quieren reconstruir sobre una tierra a la que puedan llamar patria.

De ahí, la necesidad de escuchar sus historias, de cultivar la memoria personal y colectiva, tal y como tratamos de hacer en las casas y centros de acogida para migrantes. También lo hacemos en las parroquias multiétnicas y pluriculturales. Constituyen lugares de encuentro, de convivencia y de rescate de la propia historia de vida. El objetivo es encontrar en su propia trayectoria motivaciones para seguir adelante, aprender de los fracasos y éxitos de la existencia. Las llagas del pasado, cuando son expresadas y verbalizadas, tienden a cicatrizar. Pueden transformarse en plataformas para nuevos combates. Sus vidas y sus historias contienen elementos liberadores, en la misma medida en que se aventuran por caminos desconocidos, y en la medida en que no se dejan abatir.

 

LOS PIES

Qué dicen los pies de los más de 500 mil refugiados y prófugos que, en el margen Sur del Mediterráneo, en los puertos de Libia, se disponen a cruzar sus aguas con destino al sur de Italia? O los hispano-americanos que intentan atravesar la frontera entre México y Estados Unidos, o entre Guatemala y México? Sí, los pies también hablan1. Y lo hacen con gran sabiduría. Quien camina mucho aprende a depurar la maleta, el alma y la propia existencia. Aprende a distinguir lo que es esencial de lo que es secundario, a cargar sólo lo necesario, dejando atrás lo que es superfluo. Y cuando los pies se cruzan una y otra vez en las encrucijadas, en los pozos de encuentro, dan lecciones que a veces la razón desconoce, por parafrasear al personaje de Shakespeare.

Lecciones de sed y de agua. ¿Qué dicen estas lecciones?. Nadie es solamente agua, y nadie es solamente sed; nadie es agua siempre y nadie es siempre sed. Todos formamos una mezcla ambigua de agua y de sed, de potencialidades positivas y tendencias negativas. De ahí, la necesidad del encuentro, del pozo. Allí, cerca del pozo, agua y sed se funden, se complementan, se enriquecen recíprocamente. En este aspecto es ilustrativo el encuentro de Jesús y la Samaritana, en el capítulo cuarto del Evangelio de Juan. Jesús tiene sed y pide agua. Pero en el transcurso de la escena la situación se invierte: el sediento ofrece un agua extraña a una sed no menos extraña. El relato juega simbólicamente con dos personas, dos tipos de sed y dos tipos de agua, típico de la teología del evangelista Juan. De hecho, por dos veces Jesús revela su sed en los relatos evangélicos.

Una actitud así demuestra la importancia de los encuentros entre los migrantes, durante el largo y penoso proceso de inculturación. En ellos, agua y sed se mezclan. Valores y contravalores se confrontan y chocan. Y en este proceso se va realizando la depuración, la purificación y el crecimiento recíproco. Pero el proceso presupone capacidad de escucha, de apertura, de tolerancia, de perdón y de diálogo. ¿Cuál es el problema de la Iglesia hoy? La pretensión de poseer solamente agua, de ser propietaria de la verdad y de los dogmas. Esto impide una relación de paridad con el pobre, con el otro, con las mujeres, por ejemplo. Se levanta de raíz una barrera insuperable a todo diálogo. Quien tiene la pretensión de poseer solamente agua, tal vez tenga tanta sed que ni siquiera sea capaz de enterarse. Peor aún, el agua quieta e inmutable tiende a pudrirse, y se vuelve inservible.

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1 Las afirmaciones hechas en estas primeras líneas del segundo apartado, dejan claro que este artículo fue escrito hace ya algunos años. Como bien sabemos, la situación es en estos momentos, a finales del 2018 todavía mucho más grave, pero nos ha parecido mejor mantener el texto tal como fue escrito originalmente.

 

LA MIRADA

¿Qué tienen en la mirada los millones de migrantes que llegan a los países europeos – africanos, asiáticos, hispanoamericanos? ¿O los peruanos, bolivianos, chilenos o paraguayos que llegan a Buenos Aires o Sao Paulo? ¿Y más todavía los indonesios, filipinos y vietnamitas que llegan a Australia, a China o Japón? De entrada, los movimientos migratorios abren nuevos horizontes, ensanchan “el espacio de la tienda” y “amplían el concepto de patria”. Mantienen viva la utopía de la esperanza en medio de un mundo sin esperanza.

Tomemos la metáfora del árbol. Antes de crecer hacia arriba, crece hacia abajo. Antes de buscar el cielo azul, el aire libre y la luz del sol, hunden sus raíces en el vientre húmedo y oscuro de la tierra. Antes de producir hojas, flores y frutos, produce raíces. Son ellas las que se nutren de los ingredientes necesarios para el crecimiento. Antes de subir, la semilla caeen lo más profundo de su naturaleza más íntima. Para después extraer la savia y la sangre que regará su vida.

Lo mismo se aplica a la utopía de los migrantes. Se alimenta principalmente de la tierra donde nacieron y por donde pasaron. Destilan el sufrimiento y la esperanza de la tierra que les vió nacer, de la tierra en donde enterraron a sus antepasados o del camino que tuvieron que recorrer. Se alimentan de los vientos que soplan sobre las velas de un futuro aún incierto, pero siempre deseado con ansiedad. Entonces sí, después de establecer sus raíces en la tierra, levantan la mirada hacia el horizonte. Buscan la libertad y el sueño de una nueva vida, de un mañana recreado, de la gran utopía. Para volar necesitan las alas, sin duda, pero también los pies. La utopía es esto: pies y raíces firmes sobre la tierra dura de la realidad, las alas abiertas a por vuelos cada vez más altos y más valientes.

La mirada de los migrantes conoce el no-lugar, la frontera. No-lugar de los indocumentados, sin papeles, sin derechos, sin familia; los huérfanos, los solitarios y perdidos. Pero precisamente este “no lugar” se convierte en el “mejor lugar” para construir los fundamentos de un “nuevo lugar”. Quien pasa por el no-lugar y la experiencia de la frontera, tiene el alma más abierta a la novedad, de la misma forma que los que nacen en una cuna de oro temen los cambios. “Los pobres entrarán los primeros en el Reino de Dios” – decía Jesús!

Jesús nació y murió fuera de las murallas de la ciudad, en un no-lugar, marginado, en la periferia o en las regiones fronterizas. “No había lugar para ellos” – dice el relato evangélico. Es ahí donde el Reino de Dios sumerge sus raíces más profundas. También durante su ministerio público “no tenía una piedra donde reposar la cabeza”, dicen los mismos relatos. Profeta itinerante de Nazaret, profeta que amplía las fronteras de la patria hasta nuevos confines, y, por lo mismo, peregrino de la utopía del Reino.

 

LA PATRIA

¿Cuál es la patria de los 30 millones de hispanoamericanos que viven en Estados Unidos? ¿Cuál es la patria de los que se aventuraron en un viaje sin retorno buscando trabajo, justicia y paz? Una manifestación realizada en los Ángeles (EUA) hace unos años, nos da la resapuesta: “We are America” – decía una pancarta en medio de la multitud de inmigrantes. De la misma manera los inmigrantes son América, Europa, Australia, Japón, etc… Y lo son en la medida en que representan sangre nueva en organismos debilitados, aire primaveral en las sociedades que se aproximan al otoño y al invierno.

En este sentido, los migrantes nunca serán sólo víctimas. Serán también sujetos, profetas o protagonistas. El hecho de migrar, por sí solo, es prueba de ello. Por un lado, de forma consciente o inconsciente, los movimientos migratorios denuncian el país o la región de origen, por el hecho de abandonar a sus propios conciudadanos; por otra parte, anuncian la necesidad de cambios urgentes, necesarios y estructurales en las relaciones socio-económicas y político-culturales a nivel internacional, regional, nacional o local. Al marchar el migrante pone en marcha su propia historia. Abriéndole, de improviso, horizontes nuevos e inesperados. Y anuncian un nuevo concepto de ciudadanía sin fronteras, de patria universal.

Desde esta perspectiva, la movilidad humana representa hoy un gran desafío a la democracia. Las llamadas democracias históricas o tradicionales se fundamentan, en general, en una correcta homogeneidad de lengua, cultura, territorio e historia. El gran desafío en el día de hoy es construir sociedades democráticas con pueblos heterogéneos, multiétnicos y pluriculturales. Esto exige un paso del multiculturalismo al interculturalismo. Es decir, no es suficiente que hay una convivencia y una tolerancia más o menos pacífica. Es necesario avanzar hacia la escucha, la confrontación y el diálogo, de cara a un enriquecimiento mutuo. El desafío consiste en el proceso de pasar del “gueto” (aislado y cerrado) a la comunidad (abierta y plural. Es la tarea de construir sociedades solidarias, social y ecológicamente justas, signos vivos de la Patria definitiva.

 

P. Alfredo J. Gonçalves, cs
Ponencia en el encuentro anual de la Asociación Araguaia
Barcelona, Cataluña, 13 a 22 de marzo de 2015

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