Llegada

La escritora puertorriqueña Judith Ortiz Cofer (Hormigueros, Puerto Rico, 1952 – Louisville, GA, Estados Unidos, 2016) está considerada uno de los principales exponentes de la experiencia de los puertorriqueños en la sociedad norteamericana. Llegó a la América continental con tan solo cuatro años. Se mudó con su familia a una casa en Paterson, Nueva Jersey. Su padre acababa de unirse a la marina y le habían asignado un lugar en el astillero naval de Brooklyn. Aunque se vio obligada a aprender inglés rápidamente para ayudar a su madre, Cofer volvía a Puerto Rico periódicamente cuando su padre se hacía a la mar.

Así las cosas, la sensación de doble identidad común en tantos inmigrantes marcó especialmente a alguien que pudo viajar con relativa facilidad entre su tierra natal y la de adopción. Como ella misma escribe, “Soy un compuesto de dos mundos. Viví entre expectativas contradictorias: las presiones de mi padre para que me familiarizara con el idioma inglés y las costumbres anglosajonas, y de mi madre para que no olvidara de dónde veníamos” .

“Arrival”, un poema de su colección de “Reaching the Mainland” (1995), es un buen ejemplo de la habilidad de Cofer para transmitir lúcidamente los aspectos más impactantes de la experiencia del inmigrante.
 
 

ARRIVAL

When we arrived, we were expelled like fetuses
from the warm belly of an airplane.
Shocked by the cold, we held hands as we skidded
like new colts on the unfamiliar ice.
We waited winter in a room sealed
by our strangeness,
watching the shifting tale of the streets.
Our urge to fly toward the sun
etched in nailprints like tiny wings
in the gray plaster of the windowsill.
We hoped all the while
that lost in the city’s monochrome
there were colors we couldn’t yet see

LLEGADA

Cuando llegamos fuimos expulsados como fetos
del cálido vientre de un avión.
Conmocionados por el frío, nos cogíamos de la mano mientras resbalábamos
como crías de caballo sobre hielo inexplorado.
Esperamos que pasara el invierno en una habitación,
encerrados en nuestra extrañeza,
viendo como de distinta era la vida en las calles.
Nuestro deseo de volar hacia el sol
quedaba grabado en las señales de las uñas, como pequeñas alas,
en el yeso gris del alféizar de la ventana.
Durante todo este tiempo esperábamos que,
perdidos en el monocromo de la ciudad,
hubiera colores que todavía no podíamos ver.

 

Inmigrantes puertoriqueños llegados al aeropuerto de Newark, NJ. Abril de 1947. Foto de Dick DeMarisca.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *